Andrés Ayón

Cuando conocí a mi entrevistado hace algunos meses en casa de un amigo supe, desde el primer momento, que estaba frente a un amante empedernido del deporte de las bolas y los strikes. Con su ecuanimidad característica, la misma que, supongo, mostró desde el box en varios circuitos profesionales, lanzó serpentinas de ideas sobre nuestro pasatiempo nacional, que pactaron en secreto una futura entrevista.

Después de una llamada telefónica, un equipo de Play-Off se movió hasta su casa en el municipio de Diez de Octubre para conocer de cerca a este exlanzador, el último cubano inmortalizado en el Salón de la Fama del Béisbol Mexicano.

Cumplidos los saludos formales, Ayón no perdió tiempo para entrar en su mundo. «Vi los juegos de la final del campeonato Sub-23 y es increíble las deficiencias técnicas que tienen los lanzadores en sus movimientos. Muchos no le dan la importancia necesaria al wind-up, y ahí radica el mejor aprovechamiento de las condiciones físicas. Tiene que ser armónico, fluido. La mayoría de los pitchers en Cuba se sientan sobre la pierna de apoyo, y no usan el pie de péndulo de la forma adecuada», refirió quien fue considerado en las menores de los Rojos de Cincinatti como el de mejor explotación de su cuerpo en el box.

Andrés Ayón.
Andrés Ayón. FOTO: Cortesía del entrevistado.

Ayón recordó con una claridad impresionante cómo se inició en el deporte. «Trabajaba en el parqueo del Estadio del Cerro (hoy Latinoamericano), donde en las tardes se jugaban buenos pitenes entre los muchachos del barrio. Tenía 16 años, y estaba en el center field. Dieron un batazo a mi zona y el corredor dobló por tercera, lancé y saqué out en home. Me vio Napoléon Reyes, en aquel momento manager del Marianao de la Liga Profesional y scout de los Rojos de las Grandes Ligas. Se me acercó y me invitó a un try out donde buscaban talentos jóvenes».

Sucede que en la prueba el entrenador de pitcheo era Conrado Marrero, una verdadera leyenda del arte de lanzar, quien acompañaba a varios directivos del Cincinatti en el bullpen. El preparador no simpatizó con el somatotipo de Ayón, pero Napoleón se encontraba cerca y le preguntó: «¿Guajiro, si tú llegaste, por qué él no?». Pero no pudo cumplir el sueño de jugar en la Gran Carpa, aunque cree que tuvo méritos suficientes. «En ese país sufrí problemas raciales, discriminación de los mismos peloteros y los managers», agregó.

Pero el cubano no había dado aún con su verdadero sitio, hallado, por una coincidencia, en el año 1964, cuando viajaba rumbo a San Diego, hizo una escala en México y fue a presenciar un juego de los Pericos de Puebla. «Me encontré con varios compatriotas y cuando vi el nivel pensé que podía tener resultados. Me fui con ellos. Pedí una cantidad de dinero que no gustó a los directivos y no me firmaron, pero aun así me mantuve entrenando, salí a tirar en un juego sin ser parte oficial del equipo y el hermano del dueño quedó impresionado. Mis exigencias fueron satisfechas, y las de ellos también».

Ayón estuvo 14 temporadas en ese béisbol y sus estadísticas justifican su inclusión en el mundo de los inmortales; «aunque demoró bastante, porque yo me retiré en 1979 y recibí la noticia en 1997. Fui al Inder (Instituto Nacional de Deporte, Educación Física y Recreación) para que lo supieran. Pensé que les iba a interesar que se pusiera en alto el nombre de Cuba, pero me equivoqué», confió el dueño de una marca en el béisbol mexicano de 169 triunfos y 98 derrotas, segundo de por vida en promedio de ganados y perdidos.

Además, Ayón se sumó a los elegidos al propinar un juego perfecto el 30 de junio de 1972 a los Sultanes de Monterrey. Sobre este último suceso rememoró: «Desde el hotel lo presentía, en el quinto inning se me acercó el camarero y me dijo que estaba logrando un partido perfecto, entonces le respondí que eso estaba en mi mente desde mucho antes del partido».

El entrevistado respira profundo cuando habla de Cuba. «Mi tierra es sagrada, coincidí con muchos paisanos que jugaron profesional y no regresaron. Después de 1959, precisamente con la creación de las series nacionales y la abolición del profesionalismo, aquellos que trabajábamos en el deporte rentado desde antes quedamos entre dos aguas y recibimos desplantes de este lado, con el atraso de nuestra salida para cumplir con el contrato en el extranjero.

Aun así, un alto dirigente del gobierno nos dijo en una oportunidad que ojalá regresáramos porque teníamos mucho que aportar al béisbol, y no dudé en responderle que yo sí regresaría».

Regresó, sí, y ofreció ayuda técnica donde hizo falta, hasta que en la temporada 1982-1983 es designado director del equipo Industriales y concluye en el cuarto lugar con foja de 31 victorias y 16 derrotas. En la 1983-1984 subió al segundo puesto (49-25) pero le quedó un sabor amargo. «Le regalaron el título a Citricultores. La última sub-serie de los matanceros era con Vegueros y tenían que triunfar en todos los partidos. Los más occidentales no pusieron a sus principales figuras. Pero bueno, eso pasa».

Andrés Ayón.
Andrés Ayón. FOTO: Cortesía del entrevistado.

Concluye su labor en la próxima contienda, 1984-1985, con el sexto lugar y balance de 44 juegos ganados y 31 perdidos. «Terminé porque no estuve de acuerdo con la selección de los managers de los equipos nacionales, y tampoco con los procedimientos para escoger a los peloteros. No quería formar parte de algunas injusticias que se cometían», aseveró.

Andrés, quien al hablar de pelota se siente como pez en el agua, reconoció que en las series nacionales disfrutó ver lanzar al camagüeyano Juan Pérez Pérez, al pinareño Reinaldo Costa Acosta y al santiaguero Braudilio Vinent Serrano.

«Eran pitchers que aprovechaban sus fortalezas al máximo. Los ingredientes para triunfar en el montículo son la ecuanimidad, la inteligencia para conocer la zona débil de tu oponente, tener un receptor sobre el que se pueda depositar toda la confianza, saber cuándo utilizar cada lanzamiento, y poseer una perfecta sincronización de los movimientos», aportó.

Ayón Brown presumía de un exquisito control. Estuvo 56 entradas sin regalar boleto y fue el Jugador Más Valioso en el mismo año, 1967, en la Liga Mexicana del Pacífico y en la Liga de Verano. «La pelota profesional cubana tenía tremenda calidad. Era la antesala preferida de las Grandes Ligas. Hubo años que en el rosters de los equipos de las Mayores se contabilizaron 52 cubanos, y todos se entrenaban en el verano en la Isla, junto a otros extranjeros que eran regulares en las nóminas de la Gran Carpa. Era un verdadero show con juegos de muchísima calidad. En Cuba se vivía un nivel muy superior al de México», añadió.

Andrés tiene mucho para contar de su vida ligada al béisbol desde aquel pitén en el parque del Gran Estadio del Cerro. «Estoy infinitamente agradecido al deporte. Le debo lo que soy. Aunque no cumplí mis dos sueños: jugar en Grandes Ligas y vestir la franela del equipo Cuba, me sobran razones para estar orgulloso. La pelota me educó y me enseñó a respetar a los demás», dijo en forma de despedida a la puerta de su casa, un verdadero santuario para quien quiera escuchar las mejores oraciones al deporte que sigue siendo pasión de los nacidos en la mayor isla antillana.

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