FOTO: Pedro Enrique Rodríguez Uz

Tan sencilla como siempre y con una amabilidad que desborda, casi impensable para una mujer que doblegó a la mayoría de sus contrarios por ippón, nos recibe Driulis González, la Mejor Judoca de América del Siglo XX.

Cuentan los más adultos que en Guantánamo, su provincia natal, cuando ella competía, casi todos recesaban sus actividades cotidianas. Querían sentir el paro en los corazones que “la muchachita del profe Veitía” ocasionaba en cada salida al tatami y, por supuesto, el electroshock venidero, cuando su sonrisa, sus brazos al aire y sus brincos sobre el maestro afirmaban el triunfo.

Hace años que no se ve esa secuencia de la película. Y es porque luego de dos décadas de trayectoria admirable, es Driulis como entrenadora quien ahora recibe las gracias.

Más de 200 medallas iluminaron su cuello, entre ellas cuatro olímpicas (1-1-2), siete mundiales (3-1-3) y 11 entre Panamericanos, Centroamericanos y Juegos de la disciplina, sin contar los reconocimientos de la Federación Internacional de Judo que hoy adornan su casa.

¿Con ese abanico de logros, quién puede imaginar que preferías el atletismo?

«Parece mentira pero sí. El atletismo era mi deporte preferido, pero no me fue posible dedicarme a él. Por esos años mi hermana practicaba judo y yo estaba embullada. Mi papá habló con el profesor, le dijo que su otra hija (yo) estaba fuerte, y le preguntó si podía estar en el grupo.

»Fui a hacer las pruebas de la EIDE (Escuela de Iniciación Deportiva), y cuando llegó el turno de mi demostración en la barra, hice más repeticiones que todas las niñas que estaban allí. Eso fue suficiente para que me aceptaran.

»Luego todo salió bien, de ahí que me llevaran a la escuela nacional, en La Habana, la otra punta del país, yo sola, una niña guantanamera de 13 años. Mis padres se opusieron al principio pero luego cedieron, gracias a eso llegué después a la ESPA (Escuela de Perfeccionamiento Atlético).Hoy no hay dudas de que el judo es mi pasión».

Con solo 18 años alcanzas un bronce olímpico…

«Cuando aquello ni siquiera estaba entre las principales, pero, por estrategia de los entrenadores, me bajaron a la división de los 56 kilogramos y fui a los Juegos Olímpicos de 1992, en Barcelona. Esa vez regresé con bronce, ¡quién lo diría!, aunque era muy jovencita y todavía no estaba consciente de lo que significaba. Ese momento marcó mi despegue hacia los grandes resultados. Saber que los cubanos disfrutaron mis logros es mi mayor orgullo, muchas personas me paran en la calle, me hablan, me reconocen, es seña de que se interesan por el judo y por mi desempeño».

Tal es así que los apasionados de la disciplina recuerdan tu dramático final con la sudcoreana Jun Sun-Yong en el 1996, tras pocas semanas de recuperarte de una lesión cervical.

«Ese oro olímpico de Atlanta 1996 marcó mi nombre a nivel mundial, el dorado es el que te da la gloria. Ese en especial significa mucho para mí porque fue luego de una grave lesión en mi cervical que me impidió dedicarme al ejercicio; tuve el cuello inmovilizado y solo a dos meses de los JO fue que empecé a entrenar con un collarín. Había perdido práctica, pero la voluntad, el sacrificio, la entrega, la decisión, la combatividad, el coraje, y principalmente el empuje del profesor Rolando Veitía me posibilitaron esa medalla de oro frente a la favorita.

Druilis González
Saber que los cubanos disfrutaron mis logros es mi mayor orgullo. FOTO: Reuters

»Veitía me confesó que había hecho una promesa: solo se afeitaría la barba que se había dejado crecer cuando yo ganara. Él sabía que yo podía, aun cuando tenía esa grave lesión, aun cuando estaba falta de habilidad; él lo sabía».

Cuatro años después no puedes repetir el título, ¿por qué era tan complicado ganarle a la española Isabel Fernández?

«Ella tenía un judo bastante extraño, complicado, no una técnica en especial y eso me dificultaba, me sacaba del paso. Su forma de jugar no era la del deporte que yo conocía. Eso influyó, me tuve que conformar con la plata, pero en otras ocasiones le pude poner su espalda contra el tatami. Lástima que no fue allí, en Sydney 2000, y en el peso ligero que entonces se puso en 57 kilogramos».

Luego de los JJ.OO en Australia, Driulis puso su mira en otro deporte: la maternidad. El nacimiento de su hijo Peter Javier la dejó dos años junto a su familia. Ese descanso la situó en un peso superior y su regreso fue en los 63 kilogramos. Luego volvimos a verla en el podio en Atlanta 2004 y al año siguiente, en el Mundial de El Cairo, en los que obtuvo bronce.

«En todo deporte controlar el peso es imprescindible, y en mi disciplina es obligatorio. Hay que ser estricto con la dieta porque a la larga esas libritas de más siempre pasan la cuenta. Sin contar los regaños del profe Veitía, eso nunca faltaba, nadie escapaba».

Llegó el 2008 y la guantanamera dijo «hasta aquí» a su carrera deportiva. Aunque no quería despedirse sin antes probar la gloria, en esa ocasión no le resultó tan fácil.

«Con cinco JJ.OO participados ya me sentía satisfecha. En Beijing quedé quinta, aunque reconozco que pude haber obtenido una presea; me había preparado, sacrificado. Creo, no obstante, que tener la posibilidad de integrar el equipo Cuba con 35 años es una más de mis medallas.

»Me retiré feliz, tengo un nene de 13 años que necesitaba una vida más tranquila, más atención. Prácticamente no tenía ese calor de madre porque yo viajaba mucho. Llegó el momento ideal para decirle adiós al judo, aunque siempre digo que estoy retirada, no quitada. Al deporte me dedicaré mientras exista».

Es imposible hablar con Driulis y no recordar al team integrado por Legna, Daima, Sibelys, Amarilys…

«Esa generación es inolvidable, el apoyo de mis compañeras, del colectivo técnico de judo

Driulis Gonzalez
El oro olímpico de Atlanta 1996 marcó mi nombre a nivel mundial. FOTO: Reuters

femenino, el respaldo, el ánimo que recibías cuando estabas en plena lucha sobre el tatami… Éramos una familia bien unida, y con la guía de Rolando Veitía el equipo estaba bien conformado.

»Actualmente no es lo mismo. Las nuevas atletas tienen otras cualidades, y como entrenadora apasionada con mi trabajo me toca transmitir experiencias, educar y formar igual o mejores judocas, como lo hizo el profesor con nosotras, para que ellas logren tantos o más resultados que los que conquistamos las de la vieja escuela».

¿Crees que como atleta te faltó algo por hacer?

«Creo que continuar, seguir en el judo. Eso es algo que no pude hacer, porque cada cosa en la vida tiene su tiempo y momento, aunque valorando mi trayectoria creo que hice todo lo que quise y lo disfruté. El judo fue mi vida y todavía lo es, cada vez que salía al colchón era con dedicación, entrega. Actualmente, cuando me pongo a entrenar a las niñas, me dicen: “profe usted está activa”, “está en forma” y el quid es que lo que bien se aprende nunca se olvida, mucho menos cuando te gusta una cosa y se nota con los logros alcanzados, casi nunca me fui sin medalla».

Tu trofeo más preciado…

«Mi maternidad. Mi hijo es la principal medalla de toda mi carrera deportiva. Pienso que si no hubiera tenido ese premio, me hubiera faltado algo. Gracias a Dios, lo tengo».

¿Si tuvieras la posibilidad de ponerle un título a esta entrevista cuál sería?

«Driulis, solamente Driulis…».

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