Baloncesto Munich 72

Son las 9:45 pm en Múnich, Alemania. 3:45 minutos de la tarde en nuestra isla. Cuarenta y cinco minutos después de la hora en que dicen, acuchillaron a Lola.  A esa hora del 8 de septiembre del 1972, 3 o 4 de cada 5 cubanos se encuentran pegados al radio escuchando la narración de los Juegos Olímpicos de Múnich.

A esa hora, Pedro Chappé, el negro Chappé, se acerca al banco y le pregunta a Carmelo Ortega, el entrenador del equipo nacional de baloncesto, que cuánto tiempo falta para que se acabe aquella “cosa”.

Tanta es la tensión y el nerviosismo, la concentración en el partido, el no querer sacar un ojo de la cancha… que al prieto le parece un ultraje y una falta de respeto perder un segundo en mirar el reloj que está sobre su cabeza.

A esa hora, sudado hasta los mameyes, Alejandro Urgellés se le acerca por detrás a Chappé y poniéndole una mano encima del hombro, le dice: “Negro… falta poco, ¡no te me rajes ahora, chico!” Y Chappé serio, medio asustado y bendecido, mira a Ruperto Herrera, quien con tan solo 22 años es quien lideraba la puntuación por los cubanos en el encuentro ante Italia y jaranea: “Señores, esta pizza nos la comemos nosotros hoy”.

Dicen que esa pregunta de Chappé a Carmelo fue en el 71, en los Panamericanos de Cali, cuando vencieron al equipo universitario norteamericano, pero a mí se me antoja que también puede Urgellés decir eso ahora en el 72, o que algo así tiene que haberse dicho ese día, a esa hora, justo cuando a Elvira, por estar escuchando la radio, le explotó la olla INPUD en la cocina.

Cuba en la Olimpiada del 72
FOTO: Ecured

CHAPPÉ: LA LEYENDA

El partido ante España, equipo con el cual en el último compromiso entre ambos se había perdido por margen de 40 puntos, fue quizás el detonante necesario para la hombrada.

Cuba abrió los Olímpicos venciendo el 27 de agosto a Egipto por 105 a 64. Luego derrotó a España 74 a 63. Perdió después —el único partido que perdimos en la clasificatoria— ante Estados Unidos por 48 a 67. Después vencimos a Checoslovaquia 77 a 65. Más tarde a Australia 84 a 70 y apabullamos después a Japón 108 a 63, para cerrar con una dramática victoria ante Brasil por 64 a 63.

Luego en el cruce, se perdió con la URSS por apenas 6 cartones (67 a 61) y por eso fue que tuvimos que discutir la medalla de bronce ante Italia. En todos esos partidos Chappé anotó 114 puntos. Jugó para un 75 por ciento de efectividad en los tiros. 14 rebotes ofensivos, y 39 defensivos; y cometió en total 25 faltas; menos de 3 por juego.

Posiblemente, de no haber acontecido lo que ocurrió en la final del baloncesto olímpico en Múnich 72, con aquella derrota del equipo norteamericano ante el soviético, en lo que todos han considerado llamar la final más dramática de la historia del básquet, y aquellos 3 segundos interminables, todavía se estuviese hablando del partido de Cuba ante Italia, y del negro Chappé.

Al menos en España, donde vivió hasta su fallecimiento en el 2003 a la edad de 58 años, todavía le reprochaban a Chappé el partidazo que se gastó ante los ibéricos, anulando de forma brutal a Clifford Luyk; eliminándolos —dicen ellos—  del pase a la semifinal. Un partido donde el único que pudo sacar la cara por los peninsulares fue el genial Santillana.

«Era —dice el propio Luyk— un pívot atípico: no llegaba a los dos metros, tenía mucho culo, un buen tiro exterior que apenas utilizaba… Inteligente y hombre de equipo, convertía en aprovechable cualquier balón que recibiera. A nosotros nos vencieron marcándonos por delante y haciendo ayudas atrás en cada pase bombeado. Estamos hablando de uno de los legendarios, alguien que le daba igual meter 8 que 28. Simplemente, hacía lo necesario para ganar. Ay, el gran Chappé».

EL PARTIDO POR EL BRONCE ANTE ITALIA

» Nosotros de los italianos sabíamos algo pues en 1970, en los Universitarios de Turín, los derrotamos 64 a 61. Ahora para el 72 tenían un buen entrenador: Giancarlo Primo, y sus mejores jugadores eran sin dudas Dino Meneghin, quien está considerado el mejor jugador italiano de todos los tiempos y uno de los mejores de Europa; Pierluigi Marzorati, que era un defensa buenísimo, que no por gusto la FIBA en el 91 lo incluyó entre los 50 mejores jugadores; y Bariviera… quien fue junto a Zanatta el que más daño nos hizo ese día.

Pero ya nosotros le habíamos ganado a España, y ganarle a los italianos no era muy distinto. Lo que pasa es que uno piensa una cosa antes y otra sucede después. O piensa una cosa fuera de la cancha y otra ocurre dentro, y los italianos tenían más oficio que nosotros de aquí a Roma.

Ganamos el primer tiempo 43 – 40, pero ellos hicieron los ajustes necesarios y en el 2do tiempo nos entraron por los ojos; pero dejaron demasiado libre a Ruperto, y por ahí mismo se les empezó a escapar la victoria. Herrera estaba encendío, sí, pero el que sí se puso guapo de verdad fue Chappé y los italianos se apendejaron, o se cansaron, o qué sé yo.

Aquello se puso caliente caliente, porque a Chappé bastaba mirarlo pa´ que a cualquiera se le aflojaran las patas. Era un moreno impresionante, la verdad… Y Urgellés con esos brincos y esas fintas se les empezó a meter por donde quiera. Ellos buscando anular a Chappé, y Ruperto y Urgellés le desgraciaron la estrategia. Herrera era puro músculo;  joven, fuerte, y estaba en una forma envidiable para ese mundial.

El mulato no creía en nadie. Tenía el tiro fino fino. Además, era muy explosivo, no tanto como Urgellés que te aparecía por aquí y después por allá y parecía que era de petróleo. El Jabao Herrera también se creció ese día, en general siempre jugaba bien.

El Jabao, Conrado Pérez y Miguelito también anotaron como 8 puntos cada uno. Entonces fue cuando el ave del infortunio entró en la cancha aquella: nos botaron a Chappé. El negro, la verdá, ese día jugó por él y por otro más. Guapeó, empujó, escupió, mordisqueó, aruñó… Es imposible describir todo lo que ese hombre hizo allá alante, y en algún instante nosotros sabíamos que le tocaría irse pa´ afuera; y yo recuerdo que en el banquillo de Italia, 4 o 5 se estrecharon las manos y dijeron que “muerto el perro se acabó la rabia”, mientras el entrenador, Primo, se paraba de su asiento y daba un par de instrucciones a sus jugadores pensando que con Chappé fuera, la debacle cubana era cosa que estaría al cantío de un gallo.

Ellos jugaron muy posicional. Recargaron mucho el juego en sus delanteros, y nosotros repartimos más el balón.  Por eso es que te digo, nosotros no solo teníamos a Chappé. Éramos un equipo bastante completo y nos ayudábamos mutuamente. Nuestro juego se basó en la entrega y el colectivismo. «Esa era la época, periodista, en que a uno le crecían los testículos, le sudaban menos las manos, le crecían los brazos —¿recuerda usted a Periche el del Polo? —, y la adrenalina, la testosterona o el qué sé yo, te corría a mil por las venas cuando el entrenador venía y te decía: “Ayer llamó Fidel”. Porque eso para nosotros era un estímulo del carajo; aunque a veces, yo pienso que nos metían miedo con eso, porque cuando aquello no había celulares… ¿cómo Fidel podía llamar a China, digamos, en medio de un partido de volleyball?

Pero a veces venía el entrenador y te lo decía… o venía el Embajador… o uno lo sospechaba, o incluso se lo imaginaba; y sí, es verdad, uno se acojonaba tó si perdía y le daba pena después bajar por la escalerilla del avión, o llegar al barrio. Cuando aquello no valía la plata, y a uno le dolía perder… le dolía la gente, se sentía mal. No dormía. Hoy dicen que es distinto».

FOTO: ECURED
FOTO: ECURED

LOS SEGUNDOS FINALES DE AQUELLA MEDALLA DE BRONCE.

Nada presagiaba en el Rudy Sedimayer-Halle lo que sucedería 24 horas después en la disputa del oro olímpico. Si uno mira las imágenes, aquellas pocas personas que abarrotaron la sala parecen, más que ciudadanos alemanes comunes y corrientes, personas que asisten a una muestra de folclor caribeño, devotos incondicionales del fuego, amantes de Shangó, Santa Bárbara y Yemayá, porque cuando el equipo cubano sale a la cancha, el respetable se desborda en un abrazo incontenible que supera todas las expectativas. Y eso que son apenas cuatro gatos.

A los italianos, asombrados, no parece importarle mucho el apoyo de un público europeo que debería respaldarlos a ellos y no a los morenos caribeños, tan distantes geográficamente como ajenos a su cultura primer mundista.

Así arranca el juego, bajo la égida del principal Dragas Jalxisc auxiliado por Hugh Richardson, y comienza normal aun sabiéndose Italia favorito. La escuadra italiana —seguramente lo esperaba— encontró un juego y un orgullo que les hizo tambalear su favoritismo.

A los “negros cubanos”, como los llamó la prensa de su tiempo, le faltaba virtuosismo —puede ser— pero en la cancha se conocían sus funciones al dedillo. Su juego no por gusto había despertado admiración en todos los entendidos. Luchaban cualquier balón como si fuera el último y presionaban a los atacantes dando unos brincos propios de los saltadores de altura, y esto le arrancó a los asistentes la simpatía necesaria como para sentirse que jugaban en cancha propia.

En algún momento del partido -claro, eso puede suceder- bajaron el ritmo e Italia se sintió ganadora. «El viejo mío esa tarde se encabronó y apagó el radio. Luego fuimos oyendo un gritico por aquí, otro gritico por allá, hasta que de pronto Paco, el del segundo piso, metió un ¡SÍ! que retumbó en todo el barrio, y yo le dije al viejo: “Papi, yo creo que eso se empató” y el viejo me dijo que no lo jodiera mucho y que no comiera más turrón de maní; que esa pila de puntos abajo y contra Italia no lo ganaba ni Mandrake el Mago.

Entonces Paco volvió a meter otro grito, y una palabrota y el viejo me dio una patá en las nalgas y me gritó: “¡Enciende esa mierda ahí vieja!  ¡Corre!”.  Y yo fui para la cocina a encender el radio pa´ escuchar Radio Rebelde». Los italianos festejaban (pienso) la expulsión de Chappé, a pesar de tener ellos fuera de circulación ya a Meneghin y a Zanatta, cuando Ruperto les enganchó la pelota en el aro.

Herrera, brazo en alto, regresó a defender no sin antes lanzarle una mirada pícara al legionario cubano expulsado; y este, sonriente, se quitó la toalla que tenía sobre los hombros y se la puso entre las piernas. Ese fue el punto 64. Y la historia lo recoge como el último tanto anotado por Cuba. Y así ha quedado y quedará, porque después de eso ya Italia no volvería ni siquiera a empatarnos el marcador.

Les quedaba muy poco tiempo, pero nada estaba decidido; mucho menos tratándose de Italia. El entrenador miró el reloj y les pidió, a pesar de la premura, un poco de sangre fría, y los italianos se lanzaron a por lo menos lograr la igualada. Llevaron rápido el balón hacia delante, pero quien quiera que recibía el balón, se encontraba con un cubano detrás, con una mano en la cintura, la otra en alto y molares y caninos prestos a la dentellada.

Así y todo, lograron abrir una brecha en la defensa de Cuba por donde se coló Serafini y en ese momento todos contuvimos la respiración, porque era una jugada de 1,2,3 y aro; pero se le apareció no sé quién y le cerró un poco de costado, sin tocarle, y Serafini tuvo que hacer un movimiento adicional con su cuerpo para no pisar la raya, poder acercarse al aro y hacer la clavada.

Entonces el árbitro pitó y decretó violación en la regla de los 3 pasos y le dio el balón a Cuba. Esa es una de las últimas imágenes que yo tengo de ese partido: Serafini estupefacto, reclamando misericordia en el árbitro y al público. Demasiado tarde. Son casi las 11 de la noche en Múnich y tal pareciera que el partido se celebra en un tabloncillo de la Habana Vieja, y que la bulla de quinientos habaneros se ha multiplicado diez veces del otro lado del Atlántico.

Yo creo que incluso no eran tantos, a juzgar por un par de imágenes que vi después, pero siempre tuve esa duda: ¿cómo los alemanes, que son unos tipos fríos, cerrados, emotivos sólo para un partido de la Bundesliga, podían darle tanto ánimo a unos cubanos que vivían del otro lado del Océano, en casa de las quimbambas, en vez de apoyarnos a nosotros que vivíamos al ladito?

Luego, con los años, fue que comprendí lo que es la mística, y lo que significa pelearte a los puños con el grandulón de la escuela. Nunca olvidaré las palabras de mi tío, quien ese día fue a almorzar en casa: “Mierda, ahora sí que nos jodieron.”

El resto lo hizo Urgellés que recuperó un balón y anotó para el 66-63. A falta de solo 39 segundos, Cerioni anotó y los italianos se pegaron a un punto. Cuba prendió el motor nuevamente y su ataque se estrelló contra la defensa italiana. Marzorati se apoderó del balón y se la dio al lateral Bisson, pero este falló el enceste y Cuba conquistó su bronce histórico.

De esos otros dos puntos anotados por Urgellés nadie se acuerda porque ya Ruperto les ha encajado la derrota en las costillas a los italianos unos segundos antes. Como tampoco se acordó nadie ese día del entrenador chino que “vino invitado” por el INDER a asesorarnos y que se fue de Cuba como mismo se fue el alemán que trajeron después: encantados ambos por la labor que se estaba haciendo con aquel equipo, que más o menos era como decir “yo aquí no pinto nada”. Tampoco nadie se acordó del entrenador soviético al que “obligaron” no a ser el auxiliar sino a ser el principal, por encima —alevosamente— de “Risita” Quintero; y mientras la pelota bajaba acariciando pizpireta el cesto, cierto escozor de lujo recorrió la espina dorsal de cada uno de los discípulos del último entrenador llamado: el cubano Carmelo Ortega. A esa hora, nadie dijo nada. Ni se habló en chino, ni se habló en alemán, ni tampoco se habló en ruso. En el INDER nadie hablaba; lo que hacían era dar brincos. Fue ahí cuando La Gloria en persona bajó del cielo y entró por la puerta principal del estadio.

Llegó a la cancha y nos tocó… y cuando fue a pedirle aplausos a la afición ya era tarde. Los alemanes —el público— como si fueran niños o nosotros fuésemos hijos suyos, bajaron a cargarnos y a felicitarnos. Y yo recuerdo que Chappé, cada vez que uno lo tocaba por detrás para pedirle un abrazo, miraba extraño par de milésimas de segundos, como si en el fondo hubiera algún recelo ante lo desconocido o los desconocidos. O como si todo fuera un sueño.

«Claro periodista, yo te hablo así, y ahora mismo a ti te pudiera parecer que yo estaba en Múnich ese día presenciando el partido; o que yo era del equipo, o que era de la delegación, o que “pinchaba” en Alemania… ¡Nada de eso! Pero yo te digo una cosa, estamos hablando del 8 de septiembre de 1972, el día que el baloncesto cubano obtuvo su primera y única medalla olímpica. Dime, respóndeme tú, periodista: ¿qué cubano no estaba allí?»

Comparte

Load More Related Articles

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *