En los Panamericanos de Toronto, Richer puso un versículo bíblico tras el identificador que llevaba su número. Oró dos días antes por la victoria. Lo mismo hizo esta vez. Foto: Otmaro Rodríguez / El Toque.

El sábado 18 de noviembre Richer Pérez, seis veces rey de la media maratón del Marabana, bajó la escalerilla del vuelo de Interjet para buscar la corona por séptima ocasión. El siete, el número bíblico de la perfección, destellaba en los ojos oscuros del corredor y lo había hecho volver a Cuba.

“Regresé a correr porque cuando eres un atleta quieres superarte cada día, y porque este es el país en que nací, y aunque ya no resido acá estoy súper conectado con él”– dice, y su esposa, con gafas y ropa deportiva, asiente.

Luego de la boda se fueron a México, el país de ella. Allá, me contará en un momento que Richer deba dejarnos para cruzar la ruidosa avenida Boyeros, es su “esposo-entrenador”. La ayuda a prepararse para unirse al equipo nacional de maratón y, de paso, él se mantiene en la práctica que lo hizo viajar por el continente y besar el oro.

Richer es un bendecido, un caso raro en las políticas del Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER) para con los atletas cubanos. Amén de vivir fuera de la Isla y sin un contrato en que medie el Estado, este año le han pedido que corra por Cuba en los Juegos de Barranquilla 2018, a nivel de Centroamérica y el Caribe.

En las Olimpiadas de Río de Janeiro hizo 2 horas, 18 minutos y 4 segundos en 42 kilómetros de maratón, marca que le habilita para participar en otras competiciones como un Campeonato mundial. Ese, cree Richer, es un motivo por el que las autoridades cubanas aún le permiten correr con la bandera en el pecho.

Lo quieren también, claro está, porque es un as en lo suyo, una medalla segura para la tabla de posiciones, posiblemente dorada. Pero, ¿cuántos otros deportistas de la diáspora no son podio en potencia?

“Dios ha permitido que me aprueben de vuelta a competir por Cuba –dice, como hablando de un milagro. Sería un privilegio que se flexibilizara esa política, yo sé que todo va hacia un cambio porque en al final somos de aquí, y el cubano dondequiera que esté quiere representar a su país. Sientes los años que le serviste a la camiseta, la formación desde niño, y es algo muy bonito, muy especial.

En los Panamericanos de Toronto, Richer puso un versículo bíblico tras el identificador que llevaba su número. Oró dos días antes por la victoria. Lo mismo hizo esta vez. Sabía que los 21 kilómetros de este año en Marabana no serían pan comido, con rivales fuertes de Estados Unidos y de Canadá. “El caballo se alista para la batalla, pero Jehová es quien da la victoria”, recitaba Richer, que a veces no parece un corredor sino un predicador.

El niño delgadísimo que fue y cuya madre oraba a Dios para que acabara como un buen músico o un buen nadador, no imaginaba que en Veracruz 2014 sería el primer cubano ganador del maratón en Juegos Centroamericanos y del Caribe.

El joven delgadísimo que es Richer no llegó ahora a La Habana solo para correr, o dar rueda en la carretera 9 horas para ver a su familia en Camagüey. Regresó a la capital un día antes que arrancara el Marabana. Quiso correr este año como parte de un equipo sui generis: unos 50 pastores y fieles de varias Iglesias protestantes que llevan semanas entrenando las piernas para llegar a la meta y, en el trayecto, llevar un mensaje religioso.

“Esta vez no solo corro con Cristo —dice Richer, bautista desde sus años en Cuba—, sino por Cristo. Para darle la gloria”.

El Ministerio del Interior, días antes de la carrera, llamó a organizadores de la iniciativa cristiana. La reunión los retuvo en la estación policial de Zapata y C toda una mañana. Los oficiales recordaron prohibiciones habituales como no entorpecer a los competidores ofreciendo bebidas o alimentos, cosa para la que haría falta una licencia sanitaria.

Uno de los pastores aseguró que la movilización de creyentes no pretendía desembocar en “actos políticos o indisciplina social”, y que a la Iglesia le gustaría colaborar o copatrocinar eventos como el Marabana. El Teniente Coronel que presidió el encuentro sugirió que “el análisis y posible aceptación” de eso estaba sujeto al desarrollo de la competición sin incidencias negativas por parte de los creyentes. Todo quedó dicho.

Al otro día, Richer se alistó en la Salida junto a docenas de competidores. Una hora y seis minutos más tarde, Richer cruzaba la Meta. Esta vez, estaba solo, con su séptima corona consecutiva.

Este Texto ha sido coproducido con El Toque

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