Espacio dedicado al boxeador en una plaza de Camagüey. FOTO: Cortesía del Autor.

Al regreso a su ciudad, tras la gloria y conquista del último Campeonato del Mundo, nadie parecía salir a recibir al Emperador del deporte en Camagüey del último lustro. Sin embargo, al gran Julio César le resulta suficiente con darse una vuelta para percatarse de que, a pesar de los destrozos provocados por la furia del huracán Irma, la gente no se olvida de él.

En medio de algunas contingencias, siempre sale uno de los tantos hinchas de su carrera deportiva; un amplio grupo de personas, de edades muy diversas, que ante su presencia no dudan en congratularlo.

El campeón de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, siempre responde igual, sobrado de humildad a pesar de las exageradas prendas que le cuelgan del cuello.

Camina despacio, como si le costara reconocer a su paso la tierra que le vio nacer, y se conecta con todos en esta urbe donde sobresale como una especie de deidad farandulezca. Incluso, la admiración por el boxeador llega a los municipios del norte de la región.

Precisamente en la “versión” de Embajador de Buena Voluntad se fue hasta allí para compartir y tirarse selfies con aquellos que permanecen evacuados tras el paso del nefasto fenómeno meteorológico.

Para los de la Asociación Internacional de Boxeo Amateur (AIBA), el chico de 28 años también se ha convertido en un referente. Aprovecharon su imagen para promocionar el último Campeonato Mundial de Hamburgo, donde el ídolo de la Plaza de San Juan de Dios repitiera a inicios de septiembre la actuación de Bakú 2011, Almaty 2013 y Qatar 2015. Tetracampeón en este tipo de evento.

«Nada como estar acá en mi tierra. Me siento uno más y así ando por las calles, aunque claro, cada vez que voy al ring ya no puedo pensar solo en mí. Cuba y muchos en otras partes del mundo esperan mi victoria».

A inicios del año 2015 Julio vivió la “película” de ser asaltado. Su anatomía se llevó un balazo de recuerdo. El ex de la división de más de 91 kilogramos del equipo nacional, Leinier Peró, también corrió con similar suerte. El pasaje que suena a episodio de narcotráfico colombiano lo hizo más popular entre sus coterráneos.

«Ya de eso hace dos años, pero nunca sentí que peligrara mi carrera deportiva. Aquello, la verdad, me impulsó aún más. Son retos que te pone la vida, como cuando perdí en Londres y estuve desconsolado.

»Pero ya hoy puedo presumir de varias historias. Luego de mi título en Río de Janeiro en los Juegos Olímpicos, me siento más calmado. Muy pocos boxeadores tienen todas las coronas que otorga la AIBA».

Julio César La Cruz igualó la hazaña de Juan Hernández Sierra, quien, tras ser despojado de una clara victoria, dejó sobre el ring de Houston (1999) sus 69 kilogramos y las aspiraciones de su quinta corona en campeonatos del mundo.

«Algunos hasta me preguntan si voy por las seis medallas de oro en mundiales que logró Félix Savón, y te confieso que no pienso en eso. Es un honor haber alcanzado los números de Juan Hernández Sierra. Hoy integro un selecto club. Pero esto es paso a paso. Realmente mi meta está en Tokio para 2020.

»Además, físicamente me siento en inmejorables condiciones. Algunos me critican porque no intercambio golpes, pero esto es de dar y que no te den. Así gano y me siento súper. Allá al que no le guste, total, así la gente me quiere».

La Cruz, junto a su impresionante colección de trofeos conseguidos a lo largo de su carrera. Foto: Cortesía del autor.
La Cruz, junto a su impresionante colección de trofeos conseguidos a lo largo de su carrera. Foto: Cortesía del autor.

La Cruz en el corazón de la gente

Si alguien conoce el periplo, croquis y destino de Julio César, es Oslendi Machado, que anda pegado a la anatomía del boxeador cada vez que llega a Camagüey. Larga amistad los une desde la infancia, con algunos capítulos en la Escuela de Iniciación Deportiva, Cerro Pelado.

«Lo mejor que tiene Julio es cómo vive cuando viene a Camagüey. No duerme. Se para en cada esquina a hablar cualquier cosa con la gente. Juega fútbol si se le ocurre. Pierde la noción del tiempo. Es como un niño que quiere jugar todo el tiempo.

»Recuerdo que cuando lo asaltaron estábamos cerca de una paladar en las afueras, y fue de locos, porque hasta él pensó que era broma en un primer momento. Aquí todo el mundo lo conoce y lo respeta».

La popularidad del mejor exponente de los 81 kilogramos del sistema de competición de la AIBA llega incluso a seguidores del boxeo profesional, quienes no dejan de reconocer sus cualidades.

«A mí en lo personal me gusta el intercambio, y la diferencia entre amateurs y profesionales es enorme desde lo físico hasta la concepción del propio espectáculo, pero no cuestiono a Julio. Para lo que él necesita, está bien su estilo inteligente. Además, más allá de lo deportivo, el tipo es chévere y cae bien», comentó Oswald Hernández, un joven de 20 años, aficionado al boxeo de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) en Estados Unidos.

A través de Facebook, Carolina Domínguez Mayorquim, juez aficionada de la Federación Argentina de Boxeo (FAB), hizo amistad con Julio César. «Increíble cómo me trató siempre ese chico. Nunca hubo vanidad. Lo conocí y ya era tres veces Campeón del mundo. Te digo algo, él me hizo sentir cubana. Su simpatía es como un golpe que te hace quererlo sí o sí».

A Julio César La Cruz no le envuelve el aura mediática de Yulieski Gurriel, aunque aquí en esta ciudad es todo un ídolo; un tipo que tiene su espacio reservado en el portal de la casa de otro grande del boxeo camagüeyano, Adolfo Horta, y donde la mesa de dominó retumba en las márgenes de la populosa Avenida de La Libertad, como campanas que anuncian su retorno.

«No cambio estar aquí por nada. Necesito a la gente, y si me quieren como soy, pues mucho mejor».

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