Lionard Kindelán posee el actual récord de jonrones en el Campeonato Sub 23. Foto: Miguel Rubiera.

Recordado por su fuerza y clase en el cajón de bateo, Orestes Kindelán Olivares, es uno de los peloteros más emblemáticos de las Series Nacionales de Béisbol de Cuba. Pero su legado va más allá de las hazañas protagonizadas en cada uno de los estadios que haya pisado, tanto dentro como fuera del país; y es que, en una especie de déjà vu beisbolero, el hijo menor de este coloso ha decidido seguirle los pasos en el deporte de las bolas y los strikes.

Lionard Kindelán Bicet, el único descendiente varón del mayor jonronero de la pelota cubana (487 vuelacercas), nació el 21 de agosto de 1996 en la ciudad de Santiago de Cuba. Fue en el Campito Dolores, del reparto Vista Alegre de esa ciudad, donde se le vio dar sus primeros pasos como atleta, a la edad de seis años.

«En mi hogar el béisbol ha sido tema constante. Desde pequeño sabía que lo mío era la pelota. Siempre veía jugar a mi papá. Con mucha frecuencia asistía al Guillermón Moncada y, desde entonces, ya conocía que ese era mi camino», comentó el joven prospecto en entrevista exclusiva para Play-Off Magazine.

En la pasado Campeonato Nacional Sub-23 tuvo un rendimiento ofensivo de .299 de average, .400 de OBP y slugging de .604. En ese torneo también implantó récord de jonrones (11) e impulsadas (45). Con tales credenciales, Lionard se adueñó del primer cojín de las Avispas de Santiago de Cuba para la 57 Serie Nacional, donde, según reconoció, el reto es mucho mayor.

¿Notas mucha diferencia entre el Sub-23 y el torneo para mayores?

«Jugar la serie de mayores es mucho más complicado. Aquí enfrentamos pitchers de calidad superior y uno debe estar más concentrado. Para los jóvenes como yo es un salto grande e importante. Por suerte, tengo a mi padre cerca para que me aconseje y ayude a desarrollarme como atleta».

¿Entrenas tu técnica de bateo directamente con tu padre?

«Por supuesto, esa suerte no todos la tienen. No solo por tratarse de mi padre, sino porque fue un excelente bateador. Pero también tengo que reconocer el trabajo que realizan conmigo los otros entrenadores. Aún tengo mucho por aprender, nunca rechazo a quien se me acerque para darme un consejo que me ayude a ser mejor».

¿Ser el hijo de Orestes Kindelán es una presión extra?

«Significa mucho tener como padre a Orestes Kindelán. Es un ejemplo a seguir para todos los peloteros cubanos. La afición se pregunta si yo seré como él y algunos me exigen que esté a su nivel. Esa es mucha presión, pero a la vez me motiva para seguir sus pasos y trabajo muy duro día a día para no defraudarlo.

»Él me pide que salga al terreno a divertirme y hacer lo que me gusta. Luego, en casa, conversamos acerca de los fallos que cometí en el juego y qué debo hacer para corregirlos. Siempre me da ánimos, al igual que toda mi familia, que me recuerda que mi carrera deportiva apenas está en sus inicios y no debo desesperarme».

¿Te ves en unos años convertido en uno de los grandes jonroneros de la pelota cubana?

«Puede ser, esa es una de mis metas. Tengo la fuerza y los deseos. Y aunque la afición insiste en compararme con mi papá, quiero hacer mi propia historia y llegar a ser uno de los mejores bateadores del país».

A parte de esta, ¿tienes otras aspiraciones?

«Hoy en día a los jóvenes se les están abriendo puertas, como las contrataciones en ligas extrajeras. Pero prefiero no quemar etapas. Ahora estoy concentrado en hacerlo bien con las Avispas y ayudar a que el equipo regrese a los lugares acostumbrados para el béisbol santiaguero. Después, quisiera ganarme la posibilidad de integrar la selección nacional y si me llega un contrato para jugar en otro país, bienvenido sea».


Lionard Kindelán, primera base de Santiago de Cuba. Foto: Miguel Rubiera.

¿Te gustaría jugar en las Grandes Ligas?

«Me gustaría probarme en otro béisbol más adelante y conocer otras culturas. Los deportistas siempre debemos aspirar a superarnos e intentar escalar a un nivel superior. Si se me da la posibilidad de jugar en la MLB, que así sea. Mi familia habla mucho conmigo, me dice que piense bien las decisiones que voy a tomar en mi vida y nunca deje de esforzarme para lograr mis metas. Siempre he contado con su apoyo en mi carrera».

Este es tu segundo año en el equipo de mayores de Santiago de Cuba. ¿Crees que tu padre le ha cambiado la dinámica al grupo?

«No es porque sea mi papá, pero tenerlo como mánager ha sido una inspiración para todos nosotros, porque la gran mayoría crecimos viéndolo como un ídolo. Más allá de imponer su ley, se ha comportado como un padre para todos. Nos aconseja, nos apoya incluso cuando nos equivocamos y, sobre todas las cosas, ha logrado que nos sintamos no solo como compañeros, sino como hermanos. Igualmente, ha sido importante el desempeño del profesor Eriberto Rosales, quien nos dirige en el Sub-23 y conoce muy bien las características de cada uno de nosotros.

»También ha ayudado el hecho de que la mayoría hayamos transitado juntos por todas las categorías, eso crea buena química en el conjunto. Tenemos deseos de jugar pelota y mejorar los resultados del equipo en los últimos años. Hasta ahora las cosas no nos han salido tan mal en el terreno, salvo por la defensa que debemos pulirla un poco más».

Adentrándonos a un plano un poco más personal, ¿nos puedes decir cuánto influye la fe que tienes en Dios en tu desarrollo como atleta?

«Soy cristiano y me siento feliz de haber conocido la palabra de Dios. Tengo toda mi fe depositada en él y nunca me ha fallado. Pongo todo mi rendimiento en sus manos, todo lo bueno que me ocurre en los juegos se lo dedico a él. Si no tengo un buen partido, no me desespero, porque Dios tiene un propósito con cada uno de nosotros. Solo él sabe qué nos tiene deparado».

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